Pues mira, al final ayer fue más sabo- que -mingo. Que sí, que nos levantamos a las 11 de la mañana. Que vale, que me eché una siesta de casi dos horitas más rica que nada. Pero oiga, arreglamos todos los papeles burocráticos, tarea aburrida donde las haya que estaba pendiente en mi cabeza desde hacía mucho, y con eso cumplí la parte de los debería. Y por la tarde fuimos a las fiestas de La Latina, y con eso cumplí la parte de los me apetecería.
Me encantan estas fiestas de barrio, castizas y folklóricas. Socializamos un rato, lo cual está bien. Hace tiempos que hablamos (vale, hablo) de tener algún tipo de círculo social estable y útil, un puñaíco con quien quedar y compartir aficiones y momentos. Cuando uno se empareja, y se empareja bien, no es difícil acabar en un círculo de dos que ocupa todo el tiempo y el espacio. Eso, a la larga, no es lo más recomendable.
Bueno, que divago. Nos juntamos con el futuro marido y otra parejita de ese grupo, y echamos media tarde divertida entre tintos de verano y raciones de calamares y patatas bravas. Hablamos de amor, de pisos, de medicina (cómo no, con tres médicos en el grupo), de la vida. Bailamos los pocos ratos que encendieron la música. Gritamos "¡guapa!" y "¡brava!" a la Virgen en la procesión. Y a una hora bastante prudente, nos retiramos.
Lástima que haya pasado una noche de perros por los tintos-de-verano y las-raciones-varias. Mis digestiones no son las que eran. Mentira, siempre he sido de natural delicado en el tubo digestivo, aunque eso nunca me haya llevado a curarme en salud y vigilar lo que entra en mi boca. Tres viajes nocturnos a beber leche y doscientas vueltas en la cama. Ahora voy cabeceando por las esquinas del hospital, esperando que la residente no se dé mucha cuenta y pasen rápido las 12 horas que quedan para llegar a casa y volver a dormir. Para colmo, y para un poco más de tristoncillez, agosto ya no es julio, amanezco con más oscuridad y a las 10 de la noche ya es de noche. Quiero dormir... Zzzzzzzzzzzzzz....
Bueno, que divago. Nos juntamos con el futuro marido y otra parejita de ese grupo, y echamos media tarde divertida entre tintos de verano y raciones de calamares y patatas bravas. Hablamos de amor, de pisos, de medicina (cómo no, con tres médicos en el grupo), de la vida. Bailamos los pocos ratos que encendieron la música. Gritamos "¡guapa!" y "¡brava!" a la Virgen en la procesión. Y a una hora bastante prudente, nos retiramos.
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