viernes, 10 de agosto de 2018

Vámonos de viaje exprés

El fin de semana pasado fuimos a mi tierra. Bueno, yo soy algo apátrida y un tanto desarraigao, así que dejémoslo en que fuimos a la tierra en la que vive mi familia nucelar. Eso siempre está bien, me gusta mezclar a mi familia con A. porque estoy juntando dos de las partes más importantes de mi vida.

El finde cumplió su propósito (que lo tenía), y vimos a parte de la familia. Otra parte de la ídem que no pudimos ver tuvo a bien reprocharme que no avisara de que iba, y eso que tiende a manifestarse cada tres o cuatro solsticios (con suerte).
Morí de calor húmedo varias veces. También nos montamos a un tren dentro de una casa. Algún día hablaré de por qué recomiendo no hacer JAMÁS un escape room, pero para quien lo haya probado y le pase como a mí que ya no pueda salir de este círculo adictivo de querer hacer uno al día (ojala Euromillones) ,tengo que recomendar fervorosamente la Estación del Ferrocarril.

Sin embargo, lo más mejor del finde fue el viaje en sí. Es increíble como 5 horas de coche pueden dejar de ser tediosas y soporíferas, y pasarse volando. A pesar de vernos a diario, seguimos siendo capaces de hablar durante horas y horas, y los pocos silencios que surgen nunca son incómodos. A pesar de estos 6 años, seguimos disfrutando de cantar a voz en grito lo que sea que salga de aquel pendrive que preparamos para nuestros viajes: desde Alaska a Nino Bravo, del Ai se eu te pego a Freddy Mercury. Con tus obligadas paradas cada dos horas, que yo estiro hasta tres. Con tus cocacolas zero y mis Red Bulles (porque el ronroneo del motor da ganas de dormir). Y con esas frases tan tuyas como que te gusta mucho España porque es ferrosa.

Y es que cogería el coche ahora mismo, te metería en el asiento del copiloto, y conduciría sin pestañear hasta llegar al Oceano Pacífico.

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